Sic itur ad astra

Estoy recostada en un claro en medio del bosque, cierro mis ojos y respiro su vitalidad. El olor a  tierra húmeda y a hierba llena mis pulmones, mientras que el viento sopla una ligera brisa acariciando mis brazos y escucho cómo se aleja entre los árboles. Cuando el silencio retorna, abro los ojos y la claridad me deslumbra un momento, los últimos rayos de sol tiñen de dorado la copa de los árboles y en el cielo hay cúmulos color gris. Me incorporo y observo mi entorno: todo es verde en la parte superior y lavanda a ras del suelo. Los rayos de luz que se adentran en el bosque iluminan los senderos que se asoman entre el manto morado por el cual camino. Busco un punto elevado para contemplar el paisaje y dejo que el bosque entre en mí a través de todos mis sentidos. Cuando el cielo comienza a tronar, rastreo el camino para orientarme, pero el bosque me parece inmenso y no encuentro el camino de regreso. La lluvia comienza a bañar el bosque y mi agitación se acelera hasta que me veo frente a una enorme puerta de madera que tiene un escudo al centro con una flor de lis en el timbre y un ave fénix en el blasón; sobre la base, en el grito de guerra, leo su leyenda: sic itur ad astra. La lluvia arrecia y cuando estoy a punto de tocar la puerta, esta se abre ante mí.

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