Carta abierta a mi yo de 80 años ...
Hola, Lily
Estoy recostada en la cama, en
el ocaso de este día. Es viernes y me siento exhausta, pero llena de
dicha por vivir. Así que he comenzado a escribir estas palabras, esperando,
antes que nada, que tú —mi yo de ochenta años— existas, para que esta carta llegue
hasta ti.
Son demasiados los significados
que vienen a mi mente ahora. Lo más extraño es pensar sobre ‘el presente’. Hoy cumplo años, mas es
un día como el anterior, que transcurre a la misma velocidad, que contiene el
mismo número de horas, pero también hay algo más en el ambiente que influye
directamente en mis sentidos, en mis emociones. Como siempre, sé que no esperas un espectacular cambio en tu vida, tan sólo quieres sentirte satisfecha con lo que has hecho... y dejado de hacer.
Quisiera hacerte tantas preguntas —pero no sé qué tanto quiero las respuestas—. ¿Qué música escuchas en ese ahora de tu vida? La música es un hermoso regalo. ¿Sigues experimentando su magnífico poder? Siempre ha sido tu puerto de salvación, al igual que los libros. ¿Qué historias contienen los libros? ¿Cómo mantienes la esperanza en ese futuro?
Quisiera hacerte tantas preguntas —pero no sé qué tanto quiero las respuestas—. ¿Qué música escuchas en ese ahora de tu vida? La música es un hermoso regalo. ¿Sigues experimentando su magnífico poder? Siempre ha sido tu puerto de salvación, al igual que los libros. ¿Qué historias contienen los libros? ¿Cómo mantienes la esperanza en ese futuro?
Y hablando de libros, ¿Qué tal te va con las letras? ¿Lograste
terminar esa novela? ¡Cielos, espero que sí! Cada palabra brotaba imparable,
como si esa historia estuviese en tu mente a punto de estallar. Estaría
un poco decepcionada si acaso, la has vuelto en letras muertas.
La única excusa aceptable para
que esa historia se haya quedado en calidad de desconocida, es que seas parte
de una rebelión, que hayas estado dedicando tu vida a luchar por la calidad de
la vida humana, de un bienestar intrínseco. Puede ser que ese futuro en el que
vives es mucho más difícil que ahora y entonces haya surgido la unificación
para formar una resistencia.
Aunque guardo la ilusión que,
para ese entonces, la humanidad se haya dado cuenta de que estamos conectados a
cada ser, a la naturaleza y al cosmos mismo, y que lo que hacemos, bueno o
malo, es directamente proporcional a cómo vivimos. Ojalá las generaciones en
los días en que estás viviendo tu vejez, estén creciendo con esa consciencia. ¿Puedes
evocar ese instante en que tu perspectiva existencial revolucionó?
Fue justamente en este presente —al estar viviendo entre tantas
atrocidades como los feminicidios aumentando cada vez más y la corrupción e
impunidad en el país— que germinó tu necesidad de replantearte la indiferencia
con la que te mostrabas ante estos temas. Porque descubriste que el mundo está
lleno de perspectivas infinitamente diferentes a la propia, pero que eso no
significa que, solo porque una es distinta a la tuya, es motivo para disminuirla.
Te voy a recordar cómo está la situación ahora —para que hagas el
balance—: Hace un tiempo que México va cada vez peor. El poder de los medios
de comunicación masiva está ejerciendo un control absoluto en todos los
aspectos políticos y sociales que nos rigen. Lo que nos está llevando a la
máxima entropía.
En este momento, no puedo decir
que sea en la dirección en la que se pueda conseguir el equilibrio o si de
plano, todo se volverá insostenible (¿si pudiera mirar hacia el futuro,
siquiera lo haría? Tengo la sensación de que hay malas noticias, pero no quiero
averiguarlo) ¿Hasta dónde tenemos que llegar para que abramos los ojos y
tomemos acción? Las campanas siguen doblando y muchos piensan que no es su
asunto, pero no es una lucha ajena, una búsqueda de justicia sólo para unos
cuantos, es parte de cada uno, esas campanas doblan por todos nosotros.
Es un hastío ver como esta
situación corrompe todo, pero sobretodo, saber que somos indiferentes ante el
caos que se está generando y que nos hundirá en el fango —y no alcanza a ser un
alivio saber que algunos en esta cuneta, no dejamos de mirar hacia las
estrellas— así que ya va siendo el momento para destruir esa supremacía, pero primero debemos
instaurar la unificación, porque no es una cuestión siquiera de no dejar que
otros nos hundan, es la necesidad de que nosotros mismos, comencemos a generar
el cambio en el sistema.
La situación en el mundo no es muy diferente a la del país. La
humanidad ha alcanzado el punto máximo de deshumanización: esos malditos
prejuicios, fanatismos o cualquier otra ideología que se considera capaz de
decidir sobre el ‘derecho a ser’ de acuerdo a los rasgos ha fomentado el odio
que continúa siendo utilizado como medio de discriminación y separación.
Es espiritualmente agotador tratar de
luchar por la justicia, la equidad de género, la tolerancia, el medio ambiente
y los derechos humanos porque no significa imponer un punto de vista, sino
que se trata de accionar el verdadero respeto por lo que nos rodea. Y entender
que ese respeto más allá de ser una valoración, es considerar la importancia que el otro tiene en mi propia existencia.
Finalmente (pfff, ¡qué recuento tan deprimente!), quiero hablarte de la
degradación del ambiente natural que estamos provocando. El control de los
recursos naturales, se ha convertido también en un escenario de conflicto. Como
resultado, estamos poniendo en riesgo los hábitats del mundo, ya de por sí,
devastados por el cambio climático.
¿Puede estar peor la situación
en tus días? ¡Demonios, ojalá que no!
Lo cierto es que no tengo la menor idea de cómo sea tu vida
(tampoco es algo que quisiera saber), pero lo único que espero es que en verdad
llegues a los 80, para que puedas tener la máxima visión de la trayectoria de
tu viaje.
Mientras tanto, en este tiempo presente, yo seguiré
cantando la canción de absolución para que las futuras generaciones nos
perdonen por el sufrimiento que estamos causándoles debido a todas las
estupideces que estamos cometiendo —aunque sé que el egoísmo está lejos de
cualquier redención—.
Podría mencionar muchos otros asuntos que enferman la existencia, pero
sólo quiero contarte sobre estos, los que más hacen mella, porque también
está aquello por lo que vale la pena vivir este ahora, por lo que hay que
agradecer infinitamente.
Lo primero, son ellos
—seguramente han llegado también a tu mente—, tu familia. Esos individuos
raros, gritones, mandones, obsesivos y glotones por los que darías la vida.
Ellos no son perfectos, pero justo por eso es que los amas, porque a su lado,
aprendiste a ser tú.
Sé que seguirán siendo parte de
tu ser, sin importar donde estén. ¿Qué hay de esa loca de tu hermana? ¿Te
regaló más sobrinos? —pfff, espero que sí, ¡por sus dientes!—. Ojalá sigan
viéndose seguido y que continúen peleando por cualquier mínimo asunto, porque
eso es lo que hace única esa unión entre hermanas.
También, conozco esos profundos
deseos de pasar tu vejez en algún lugar cercano al polo norte, en donde puedas
ver la aurora. Ojalá por lo menos, ya la hayas visto alguna vez. ¿Qué me dices
de París o de Roma? ¿Has podido ver la Torre Eiffel o La Pietà? ¿Has estado ya
en Caprese? ¿Has conocido la mayoría de los lugares de tu novela? ¿Vives en
alguno de ellos? Por favor, responde un “sí” a cualquiera de estas dos últimas
preguntas.
Por último —sabes que estoy
obligándome a terminar o seguiré escribiendo hasta cumplir los 80— quiero
decirte que, aunque nunca te viste casada o con hijos, tengo curiosidad por
saber si en este momento estas tornando tu vista hacia las fotos en donde se
puede ver a la familia que quizá formaste —no sé si me agrada la idea— o si
te mantuviste con la misma idea de siempre, deseo de todo corazón, que aun
estando sola no te sientas vacía.
En fin, el motivo real de esta
carta es hacerte recordar de dónde vienes, y sobre todo, que jamás olvides lo que
forma parte de ti. Quiero pedirte que jamás pierdas la esperanza, que recuerdes
que siempre tienes que mantenerte firme en lo que crees y luchar para que tu
vida sea plena. Tienes que vivir auténticamente, procurar ser feliz y vivir
justo en la forma que te permita estar satisfecha con lo que eres, aun cuando
para el resto del mundo “no esté bien”.
¡Sigue creyendo en las hadas!
—¡en ti misma que eres la más rabiosa de ellas!—.
Con el más sincero amor,
Tú.

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